Con la respuesta de esta persona, llegan a 7 el número de compañeros de carrera y similares (de casi 100 personas: por similar me refiero a compañeros de otras carreras y/o universidades, familiares, y amigos...) que se tomaron la molestia de mostrar interés, en menor y mayor medida, sobre los motivos que llevan a un grupo de personas a acampar en un camellón de una avenida que será destrozado para que pase medio millón de coches por ahí. (Vaya, sólo repetiré el link por si algún transeúnte cibernético tiene la curiosidad de checar de qué demonios estoy hablando.)
La carta de la que hablo, va en este tenor:
Mexicanos hijos de América…. o “Contribuciones creativas a la sociedad”
El siguiente es un fragmento del libro La Vanidad de los Duluoz, escrito por Jack Kerouac en 1968. No voy a pretender demostrar que la imagen que uno evoca al leer esto es una imagen de esta triste ciudad actual (Guadalajara y casi cualquiera y no sólo en este país). No voy a pretender demostrarlo pero muchos de ustedes van a pretender no estar viendo lo mismo que yo. Tampoco voy a condenar una situación que está pasando en la ciudad, esta ya se encuentra condenada. El título del escrito es mera propaganda (???), publicidad (???), conformismo (???), you name it. Y seguro habrá más de uno o una que salga con un decoroso nacionalismo (???), machismo (???), pedantismo (esta me gusta) al decir que tal relación fraternal entre países a la que me refiero en el título de este escrito, no es del todo evidente y que la cultura de México, y sus tradiciones, y su gente... si, si, sí y todo eso que mágicamente convierte a México en un país hermoso.
Si alguien pudo ver que en los años sesentas esto ocurría en los Estados Unidos y se escurría por todas partes, al ritmo del gran silbador que en los años treinta cruzaba California a una velocidad que ni un mustang alcanza en patria, mientras que en México, también en los años treinta, uno podía ir caminando por la carretera hecha de nada más que tierra y polvo y si era muy noche y no podía llegar a su casa, tocaba en la puerta más cercana y alguien la abría y le hacía entrar y conversaban un rato después de cenar las mejores tortillas y los mejores frijoles que jamás hubiera probado en su vida, a la mañana siguiente se levantaba temprano y dando las gracias seguía su camino hasta llegar a casa. Y eso era común y ahora no lo es, y esa precisa imagen de los años sesentas es la que se asoma hoy (apenas se asoma para muchos) en esta ciudad. Y maldita sea, uno no tiene que escribir sobre esto ni dar una introducción tan larga para un fragmento de Kerouac cuando todo lo que hace falta es levantar un libro y leerlo de principio a fin.
Joel Aguilar Alcocer, Guadalajara, 2009.
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Las palabras de Jack Duluoz:
Verás, mi angustia, como yo la llamo, surge además del hecho de que las personas han cambiado demasiado, no sólo en los últimos cinco años, ¡válgame Dios!, o en los últimos diez años, como dice McLuhan, sino en los últimos treinta, hasta tal punto que ya no las veo como tales ni me veo como un miembro auténtico de algo llamado la raza humana. Recuerdo que en 1935 hombres hechos y derechos, con las manos profundamente hundidas en los bolsillos de la cazadora, solían ir silbando calle abajo sin que nadie se fijase en ellos ni ellos se fijaran en nadie. Y andaban deprisa, además, camino del trabajo o de una tienda o de una cita con la novia. Dime una cosa: ¿por qué hoy día la gente tiene ese modo de andar con los hombros hundidos y arrastrando los pies? ¿Se debe a que están acostumbrados a andar únicamente cuando cruzan los aparcamientos? ¿Les ha llenado el automóvil de tanta vanidad que caminan como una panda de matones haraganes sin destino concreto?
En las tardes de otoño, en Massachusetts, antes de la guerra, siempre veías a algún tipo camino de casa, para cenar, con los puños profundamente enterrados en los bolsillos de la cazadora, silbando y caminando, entregado a sus propios pensamientos, sin tan siquiera mirar a las demás personas que iban por la acera, y después de la cena siempre volvías a verlo apresurándose por el mismo camino en dirección a la confitería de la esquina, o para ver a Joe, o una película, o camino de unos billares, o a hacer el turno de noche en un taller, o a ver a su chica. Eso ya no se ve en América, y no sólo porque todo el mundo conduce un coche y va con la cabeza estúpidamente erguida guiando esa máquina idiota entre los peligros y tribulaciones del tráfico, sino porque hoy en día nadie camina despreocupadamente con la cabeza baja y silbando; todo el mundo mira a las demás personas que van por la acera con culpabilidad o, lo que es aún peor, con una curiosidad y un interés fingidos y, en ciertos casos, con aire de “estar al loro”, de “no querer perderse nada”, como si dijéramos, mientras que en los años treinta incluso había películas de Wallace Beery en las que daba media vuelta en la cama al ver que el día era lluvioso y decía: “!Qué coño, voy a dormirme otra vez, de todos modos, no me perderé nada!” Y nunca se perdía nada. Hoy oímos hablar de “contribuciones creativas a la sociedad” y nadie se atreve a pasarse durmiendo un día lluvioso ni a pensar que realmente no se va a perder nada.